Cuando Aquiles López viaja a Lima para estudiar arquitectura, ignora que esta ciudad caótica no solo le arrebatará su ingenuidad adolescente, sino también la amistad de sus compañeros de infancia que lo acompañan en el mismo hospedaje.
Pero, ¿no será el tímido y responsable Aquiles más vengativo y despiadado que los amigos que le acaban de dar la espalda?
Esta entrañable novela, impregnada de un humor irreverente, nos presenta a personajes que nos reconcilian con aquel joven tonto e irresponsable que alguna vez fuimos, tal como lo dice el autor en el prólogo a la edición de bolsillo:
Pero, ¿no será el tímido y responsable Aquiles más vengativo y despiadado que los amigos que le acaban de dar la espalda?
Esta entrañable novela, impregnada de un humor irreverente, nos presenta a personajes que nos reconcilian con aquel joven tonto e irresponsable que alguna vez fuimos, tal como lo dice el autor en el prólogo a la edición de bolsillo:
Querido Aquiles,
Han pasado nueve años desde el día que decidí escribir esta novela basada en ti, y hasta ahora no deja de llamarme la atención cómo sus lectores me siguen haciendo la misma pregunta: ¿qué tanto de ti como personaje hay en mí como autor?
O más concretamente: ¿qué tanto de lo que te ocurre a ti en la novela me pasó a mí en la vida real? Esta segunda pregunta es la más fácil de responder, porque habla de acciones más que de sentimientos. Y la contestaré diciendo que a ti, Aquiles, te pasaron las mismas cosas que me ocurrieron a mí entre los quince y los veinte años. Yo, al igual que tú, cargaba el temor que tienen los adolescentes citadinos al enfrentarse a un futuro incierto. Se acababa el colegio y se acercaban los mitificados estudios superiores. Y para estudiar lo que queríamos, ambos teníamos que dejar nuestra pequeña ciudad del norte para enfrentarnos a ese monstruo tan atractivo como amenazante que era Lima. Comentando este punto alguien me ha dicho que esta novela es, hasta cierto punto, una rareza: existen muchos testimonios sobre la migración de los más pobres hacia nuestra capital, pero existen pocos que retraten la migración de la clase media. No he comprobado que esto sea verdad.
Lo que sí sé y te confieso es que yo te utilicé, querido Aquiles.
Cuando empecé el libro que lleva tu nombre era un escritor sumamente inexperto. Nunca había escrito una novela y me era claro que no debía tener grandes pretensiones. Me dije: “no hagas el ridículo pretendiendo escribir sobre aquello que no sabes, hazlo sobre aquello que conoces mejor que nadie”. Y así fue como empecé a escribir sobre ti. Siendo tu historia mi historia, me apoyé en ti como si fueras una muleta, como esas rueditas laterales que se necesitan para dar los primeros pedaleos en bicicleta. Verme en tu espejo me fue muy útil, hasta que cogí la confianza suficiente para alejarme de tus vivencias.
Sin embargo, no sólo te usé para escribir una novela. También lo hice para conocerme mejor. Cuando escribí “La Furia de Aquiles” tenía cerca de treinta años, y aún tenía fantasmas de la adolescencia persiguiéndome. Al escribir sobre nuestra juventud, volví a reflexionar sobre aquella época y pude entender muchas de las cosas que había vivido. Siento que este ejercicio de escritura me ayudó a hacer las pases con parte de ese pasado, y quizá me preparó a reconciliarme con mi padre que - al igual que el tuyo- no aparece en la novela más que como un difunto. Quién sabe si haberlo matado literariamente no allanó el camino para que años después me reconciliara con él. Y es esta última reflexión la que me lleva a contestar la primera pregunta: ¿Qué tanto de ti hay en mí como autor?
Creo que si te usé fue, justamente, para dejar de parecerme a ti. Para alejarme de aquel chico muy temeroso. Para no flaquear demasiado ante una grieta abierta en el camino. Para dejar de pensar que la mujer perfecta existe. Para no decepcionarme exageradamente de mis amigos en vez de tratar de entenderlos.
No sé si gracias a ti me convertí en mejor escritor.
Pero sí debo decir –aunque quizá te duela- que superarte me hizo una mejor persona.
Y eso merecía esta carta con final agradecido.
Han pasado nueve años desde el día que decidí escribir esta novela basada en ti, y hasta ahora no deja de llamarme la atención cómo sus lectores me siguen haciendo la misma pregunta: ¿qué tanto de ti como personaje hay en mí como autor?
O más concretamente: ¿qué tanto de lo que te ocurre a ti en la novela me pasó a mí en la vida real? Esta segunda pregunta es la más fácil de responder, porque habla de acciones más que de sentimientos. Y la contestaré diciendo que a ti, Aquiles, te pasaron las mismas cosas que me ocurrieron a mí entre los quince y los veinte años. Yo, al igual que tú, cargaba el temor que tienen los adolescentes citadinos al enfrentarse a un futuro incierto. Se acababa el colegio y se acercaban los mitificados estudios superiores. Y para estudiar lo que queríamos, ambos teníamos que dejar nuestra pequeña ciudad del norte para enfrentarnos a ese monstruo tan atractivo como amenazante que era Lima. Comentando este punto alguien me ha dicho que esta novela es, hasta cierto punto, una rareza: existen muchos testimonios sobre la migración de los más pobres hacia nuestra capital, pero existen pocos que retraten la migración de la clase media. No he comprobado que esto sea verdad.
Lo que sí sé y te confieso es que yo te utilicé, querido Aquiles.
Cuando empecé el libro que lleva tu nombre era un escritor sumamente inexperto. Nunca había escrito una novela y me era claro que no debía tener grandes pretensiones. Me dije: “no hagas el ridículo pretendiendo escribir sobre aquello que no sabes, hazlo sobre aquello que conoces mejor que nadie”. Y así fue como empecé a escribir sobre ti. Siendo tu historia mi historia, me apoyé en ti como si fueras una muleta, como esas rueditas laterales que se necesitan para dar los primeros pedaleos en bicicleta. Verme en tu espejo me fue muy útil, hasta que cogí la confianza suficiente para alejarme de tus vivencias.
Sin embargo, no sólo te usé para escribir una novela. También lo hice para conocerme mejor. Cuando escribí “La Furia de Aquiles” tenía cerca de treinta años, y aún tenía fantasmas de la adolescencia persiguiéndome. Al escribir sobre nuestra juventud, volví a reflexionar sobre aquella época y pude entender muchas de las cosas que había vivido. Siento que este ejercicio de escritura me ayudó a hacer las pases con parte de ese pasado, y quizá me preparó a reconciliarme con mi padre que - al igual que el tuyo- no aparece en la novela más que como un difunto. Quién sabe si haberlo matado literariamente no allanó el camino para que años después me reconciliara con él. Y es esta última reflexión la que me lleva a contestar la primera pregunta: ¿Qué tanto de ti hay en mí como autor?
Creo que si te usé fue, justamente, para dejar de parecerme a ti. Para alejarme de aquel chico muy temeroso. Para no flaquear demasiado ante una grieta abierta en el camino. Para dejar de pensar que la mujer perfecta existe. Para no decepcionarme exageradamente de mis amigos en vez de tratar de entenderlos.
No sé si gracias a ti me convertí en mejor escritor.
Pero sí debo decir –aunque quizá te duela- que superarte me hizo una mejor persona.
Y eso merecía esta carta con final agradecido.
Con cariño y sin furia,
Gustavo

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